El Papa Francisco está seguro de esto y lo repite a todos: de la pandemia salimos mejores o peores. La crisis mundial exige un replanteamiento de los parámetros de la convivencia humana en clave solidaria. Sobre esta idea se basa el «Proyecto Covid – construir un futuro mejor», creado en colaboración por los dicasterios para la Comunicación y para el Desarrollo Humano Integral, que busca ofrecer un camino que desde el final de la pandemia lleve al inicio de una nueva fraternidad.

No hay ningún experto atento a las consecuencias sociales de Covid – y al mismo tiempo con un corazón sensible a las condiciones de los que están peor – que no esté convencido de que la salida de la crisis del coronavirus necesite dosis masivas de «proximidad». Thomas Banchoff, vicepresidente de «Global Engagement» de la Universidad de Georgetown y uno de los expertos invitados por el Papa a la Comisión Covid-19 del Vaticano, apuesta mucho por una ‘revolución tecnológica verde’.

«Se acabó el tiempo – dice – en el que podíamos permitirnos celebrar el progreso tecnológico sin prestar atención a sus impactos ambientales negativos. Ahora – continúa- debemos desarrollar ‘economías sostenibles e inclusivas’ y debemos hacer que la tecnología sea parte de la solución».

Usted es miembro de la Comisión vaticana COVID 19, el mecanismo de respuesta a un virus sin precedentes instituido por el Papa Francisco. ¿Qué cree que ha aprendido, a nivel personal, de esta experiencia? ¿Cómo cree que la sociedad en su conjunto puede inspirarse en el trabajo de la Comisión?

R. – La Comisión representa una maravillosa oportunidad para reflexionar junto con la Iglesia sobre esta crisis sin precedentes y las repercusiones que tendrá en el mundo. La Comisión nos permite aplicar la Doctrina Social Católica con diferentes enfoques disciplinarios a la pandemia y al impacto de gran alcance que tendrá en la salud pública, la economía y los asuntos mundiales.

En un momento de gran sufrimiento, cuando muchos se ven tentados por la desesperación, la labor de la Comisión Covid-19 es una fuente de esperanza.

El Papa Francisco pidió a la Comisión COVID 19 que «prepare el futuro» en lugar de «prepararse para él». ¿Cuál es el papel de la Iglesia Católica como institución en este esfuerzo?

R. – En medio de esta terrible crisis, el Papa nos ha desafiado a imaginar y perseguir un futuro mejor. Como comunidad mundial impulsada por la fe, la esperanza y el amor, la Iglesia está bien situada para articular y encarnar los principios que pueden guiarnos en la reconstrucción de sociedades y economías justas, inclusivas y sostenibles.

Algunos principios clave de la Doctrina Social Católica, como la solidaridad, la opción preferencial por los pobres y el bien común, son fundamentales.

El mundo está dividido entre quien produce las nuevas tecnologías y quien las utiliza. Quien produce suele trabajar en condiciones carentes de toda ética: niños, poblaciones pobres explotadas y sin ningún derecho. ¿Hay alguna esperanza de poder cambiar esto?

R. – Como el Papa Francisco señaló, la profunda desigualdad social es uno de los mayores males que enfrenta el mundo hoy. En una era de gran abundancia material y de revolucionarios descubrimientos tecnológicos, la mayoría de la población mundial tiene que luchar para llegar a fin de mes.

Las mujeres, los niños, los refugiados y los migrantes se encuentran entre los más vulnerables. Sin embargo, hay motivos para la esperanza. Una mayor inclusión social mediante el acceso a la educación, la atención de la salud y un salario justo es la clave de la prosperidad a largo plazo para los países de todo el mundo. El imperativo moral de hacer frente a la desigualdad social también tiene un fuerte fundamento económico.

¿Está justificada la carrera por la última tecnología, que no sólo explota a los seres humanos, sino que también contamina irreversiblemente el planeta?

R. – El tiempo en que podíamos permitirnos celebrar el progreso tecnológico sin prestar atención a sus impactos ambientales negativos ha terminado. Las tecnologías industriales y de consumo que han llevado a una prosperidad sin precedentes también han llevado a nuestros sistemas ecológicos al límite, devorando los recursos naturales, amenazando la biodiversidad y promoviendo el cambio climático.

Debemos asegurarnos de que la tecnología se convierta en parte de la solución. El desarrollo de tecnologías verdes eficaces y el paso a economías sostenibles -aunque todavía está en sus primeras etapas- nos ayudarán a trazar el camino hacia un futuro más alentador.

¿Es razonable prever una tecnología sostenible, respetuosa del medio ambiente y también más ampliamente accesible, tal vez para quienes la produce?

R. – Como el Papa Francisco argumenta fuertemente en la Encíclica Laudato si’, los temas ecológicos y sociales están profundamente conectados. La degradación del medio ambiente y la aceleración del cambio climático tienen un impacto negativo desproporcionado en las comunidades pobres.

De cara al futuro, no bastará con producir tecnologías industriales y de consumo «verdes» y sostenibles, sino que también será necesario hacerlas accesibles a los trabajadores y los ciudadanos.

Los frutos de la revolución tecnológica ambiental «verde» deben ser ampliamente compartidos, en consonancia con el principio de solidaridad y teniendo en cuenta que las economías sostenibles e inclusivas aportarán ventajas competitivas a largo plazo en el futuro.

El mundo está cada vez más conectado. ¿El derecho a la conexión puede convertirse en un derecho fundamental? ¿Cuáles podrían ser sus consecuencias?

R. – Hoy, el ejercicio de los derechos humanos fundamentales está cada vez más vinculado al acceso a las tecnologías de la comunicación digital. Los derechos universales que dimanan de la dignidad de la persona -incluido el derecho a la vida, la salud, la educación y el trabajo, junto con la libertad de religión, expresión y asociación- tienen una fuerte dimensión social y no pueden ejercerse de forma aislada.

En un momento en que las tecnologías digitales -incluidas la Internet y las comunicaciones móviles- unen a las personas y facultan a los ciudadanos para que se conviertan en agentes sociales, un acceso más amplio a esas tecnologías es un imperativo ético y político. Sin ellas, el flagelo de la profunda desigualdad social -que ya es un problema mundial acuciante- se convertirá en un desafío aún mayor.

Repensar el progreso tecnológico para hacerlo más ecuánime, más distribuido y accesible, ¿no significa revisar todo el modelo económico; la crisis actual es un momento propicio para esta reflexión; el shock despierta inmediatamente las conciencias?

R. – La pandemia ha revelado la magnitud de las desigualdades sociales en nuestro mundo; las comunidades pobres y marginadas han sufrido las mayores pérdidas en términos sanitarios y económicos. Mirando hacia el futuro, nuestra consigna no debería ser «recuperación» sino «transformación».

Deberíamos utilizar las tecnologías más avanzadas y los mejores conocimientos técnicos para crear instituciones económicas y de salud pública que no sólo sean resistentes, sino también inclusivas; un enfoque de arriba hacia abajo, dirigido por el gobierno no nos llevará hasta allí. Las estrategias que fomentan la competencia en el mercado, la innovación tecnológica y la inclusión social son nuestra mejor opción.

×

Hola!

Haz click en el cuadro de abajo y estaremos contigo en un instante o envíanos un correo a info@oyarcecapital.com

×